lunes, 8 de septiembre de 2025

El Chopo: violencia, secretos y rumores en la era de Pablo Escobar Gaviria

 

Mario Alberto Castaño Molina, conocido como 'El Chopo', fue una figura temida en la Medellín de la época de Pablo Escobar. Su carácter irascible y su lealtad al patrón le ganaron una reputación de hombre peligroso, tanto que incluso sus amigos cercanos le temían.


Detrás de esa fachada de hombre duro, 'El Chopo' ocultaba un secreto: su atracción por los hombres, especialmente los jóvenes. A pesar de estar casado, este vicio lo mantuvo en la clandestinidad, hasta que un encuentro íntimo con otro hombre lo delató.

 

En los bajos fondos de Medellín, corría el rumor de un encuentro secreto entre 'El Chopo' y 'Pïnïna', una historia nacida bajo el efecto del alcohol y el vicio. Este relato, aunque nunca confirmado en periódicos ni expedientes, era un murmullo entre aquellos que conocían los peligros de la época.

 

Se decía que 'El Chopo' era 'frío de frente y caliente por detrás', un comentario que lo enfurecía y que pocos se atrevían a mencionar. Su carácter y su forma de trabajar para el patrón lo convertían en una figura respetada y temida a partes iguales.


El lado oscuro del poder: la historia de los hombres más temidos del cartel de Medellín


Durante los años más crudos del narcotráfico en Colombia, figuras como Pablo Escobar Gaviria tejieron una red de violencia, poder y miedo en Medellín y gran parte del país. A su lado operaban lugartenientes de confianza, encargados de ejecutar órdenes sin cuestionar. Uno de estos fue Mario Alberto Castaño Molina, alias El Chopo, reconocido por su frialdad y letalidad.


Temido incluso por sus aliados, El Chopo era descrito como un hombre de pocas palabras y mucha acción, a quien se le atribuían múltiples ejecuciones y “vueltas” al servicio del cartel. Su historia se entrelaza con la de otros nombres como John Jairo Arias Tascón alias   "Pinina", formando parte del círculo más violento de Escobar.


Alrededor de estos personajes se han tejido mitos urbanos, muchos nacidos del temor y la falta de pruebas, alimentando la leyenda negra de una época marcada por el sicariato, el narcotráfico y una brutal lucha por el poder.

sábado, 6 de septiembre de 2025

Centro Cívico de Barranquilla: el legado moderno de Leopoldo Rother en el Caribe colombiano


Por David Awad V.
En el corazón de Barranquilla se levanta uno de los hitos arquitectónicos más importantes del país: el Edificio Nacional Centro Cívico, una obra visionaria proyectada en 1946 por el arquitecto alemán Leopoldo Rother y finalizada en 1952. 

Esta edificación no solo marcó un antes y un después en la historia urbana de la ciudad, sino que se convirtió en un referente nacional de la arquitectura moderna en el trópico.

Construcción del Palacio Nacional - Centro Cívico. Ubicado entre las carreras 44 y 45, y las calles 38 y 40.


Rother, quien llegó a Colombia en 1936 huyendo del nazismo, desempeñó un papel clave en la transformación de la arquitectura colombiana. Desde su cátedra en la Universidad Nacional de Colombia, formó generaciones de arquitectos y sembró las bases teóricas de un enfoque moderno y funcionalista, en diálogo con el entorno.

El diseño del Centro Cívico fue profundamente influenciado por los principios del maestro suizo Le Corbusier, y por las adaptaciones climáticas desarrolladas por la arquitectura moderna brasileña. Esto se refleja en la aplicación rigurosa de los cinco puntos de la arquitectura moderna:

  • Volumen elevado sobre pilotes,

  • Fachada libre,

  • Ventanas corridas,

  • Planta libre,

  • Y una racionalización estética de la forma.







Pero más allá de su valor formal, el Centro Cívico de Barranquilla es reconocido por ser el primer edificio en Colombia diseñado conscientemente para responder a los retos del clima tropical con los recursos del modernismo arquitectónico. Su concepción representó un punto de inflexión en el diseño institucional del país, integrando eficiencia técnica, estética funcional y sensibilidad climática.

Hoy, el edificio sigue siendo un emblema de innovación, memoria y modernidad en la arquitectura nacional, y un testimonio vivo del legado de Leopoldo Rother, uno de los grandes formadores de la arquitectura contemporánea en Colombia.



 

 



viernes, 29 de agosto de 2025

El verdadero origen del “Santo Cachón” está en un parque de Barranquilla

 


Pocos colombianos no han coreado alguna vez el icónico estribillo: “Que te perdone yo, que te perdone… como si fuera yo el Santo Cachón”. Pero más allá de la canción, hay una historia real que inspiró a su autor, el fallecido Romualdo Brito.

Todo nació en un parque de Barranquilla, construido en los años 50 para honrar al Sagrado Corazón de Jesús. Con el paso del tiempo, el lugar cayó en el abandono y terminó convertido en punto de encuentro de parejas furtivas que, al amparo de la noche y la maleza, daban rienda suelta a la pasión.


Fue ese contraste —entre la devoción religiosa y las "pilatunas" nocturnas— lo que Brito transformó en vallenato, inmortalizado por Los Embajadores Vallenatos. Con una estatua de mármol de 17 metros como testigo silencioso, el llamado “Parque del Santo Cachón” se convirtió en leyenda urbana y símbolo del ingenio sabrosón del barranquillero.

Hoy, el parque ha sido remodelado, pero su historia sigue viva en la cultura popular… y en cada parranda donde suena esa canción.









viernes, 8 de agosto de 2025

Borletti: el mago que convirtió al Caribe en un escenario de ilusión


El 16 de julio de 2017, a los 87 años, se apagó en una clínica de Montería la vida de Máximo Alfredo Hernández Durán, pero no su magia. Mejor conocido como el Mago Borletti, fue mucho más que un ilusionista: fue un personaje irrepetible, un embajador del Caribe colombiano y uno de los hombres reales que Gabriel García Márquez inmortalizó en Cien años de soledad como “el mago de Macondo”.

Nacido el 11 de noviembre de 1932 en Riofrío, Magdalena, creció rodeado de historias, música y tradiciones que marcaron su estilo único. Su carrera comenzó en la radio, donde mezclaba consejos sentimentales, lectura de cartas astrales, denuncias ciudadanas e interpretación de sueños con la promoción de sus espectáculos. Desde entonces, supo que la magia no solo estaba en los trucos, sino en la forma de conectar con la gente.

Recuerda su hijo, Luis Gabriel Borletti Jr. que su padre le comentó;
“Me la tome a lado del más grande del acordeón haciendo eso mismo
con cartas un acordeón, vísperas al festival vallenato en una parranda
del doctor López". (expresidente de Colombia)


Aquí en un programa de televisión nacional de Fernando Gonzáles Pacheco

Borletti vivió una vida de anécdotas que parecen sacadas de un libro. En una ocasión, en Venezuela, le pidieron que no dijera que era colombiano para recibir un premio; en otra, advirtió a la orquesta de Pacho Galán que no asistiera a una corraleja en Sincelejo… ese día la estructura colapsó y murieron cientos de personas. Actuó ante presidentes, embajadores y figuras internacionales, organizó cenas benéficas, compartió tarima con artistas como Jorge Mistral y hasta recibió una dedicatoria escrita por el mismísimo Pablo Neruda, quien calificó su acto como “una gema pulida al máximo de la perfección”.



 


Recorrió escenarios en Panamá, Costa Rica, México, Buenos Aires, Honduras, Nueva York y toda Colombia. Fue amigo de grandes magos como Gustavo Lorgia, Killer, Erazoni y Carlos Zea. En Barranquilla, su nombre llegó a bautizar desde una peluquería hasta un gallo de pelea invicto.

 


Aquí el mago Borletti junto a su hijo Luis Gabriel Borletti Jr.


Aunque su fama lo llevó lejos, Borletti mantuvo su esencia: rechazaba la magia negra, amaba las palomas, coleccionaba caballos y gallos, y soñaba con abrir una academia de magia. Sus palabras lo definían: “La ligereza reemplaza a la técnica” y “la magia no se compra ni se improvisa: se crea y se respira”.

Su voz ronca, su elegancia criolla y sus manos veloces lo convirtieron en un ícono cultural. Borletti no desapareció; simplemente hizo su último gran truco, dejando al Caribe un legado de asombro y alegría.



Fue, es y será… el mago eterno de Riofrío.

sábado, 19 de julio de 2025

Disco-Bar El Sheriff 1849 en la memoria barranquillera


Ubicado en la Calle 84 con Carrera 46 esquina – Barranquilla, Colombia


Por: David Awad Virviescas

Inicio de una leyenda urbana en los años 90

A comienzos de la década de 1990, en una de las esquinas más transitadas y emblemáticas del norte de Barranquilla, en la calle 84 con carrera 46, nació uno de los negocios más excéntricos, originales y recordados de la historia nocturna de la ciudad: El Sheriff 1849, propiedad de Alberto “Beto” Iguarán, más tarde conocido como Sheriff Iguarán.

El Sheriff siempre estuvo en su 'película', vestido de vaquero, de Sheriff, tanto, que se llegó a cambiar el nombre en la cédula por el de El Sheriff. Er<a él quien dirigía, coordinaba y ponía el orden en su negocio, era el mejor anfitrión de su establecimiento, animaba en la pequeña tarima junto a las bailarinas de música country del oeste y cuanto concurso de daba en escenario, interactuando con los clientes.



La zona era un epicentro de entretenimiento en la ciudad. A su alrededor estaban negocios como Pizza Hot, El Toro Rumbero, Papa Loca, Tacos Olé, y el famoso Cinerama 84. Justo al lado del local estaba la casa de una familia guajira de apellido Barros, en una construcción blanca de estilo español. Todo este entorno urbano complementaba el carácter peculiar del establecimiento.


Inspiración y creación del concepto

El Sheriff no fue simplemente un bar, fue una puesta en escena permanente del viejo oeste americano. Su creador, Alberto Iguarán, un samario con raíces guajiras, tal como se dijo, cambió legalmente su nombre tras una terapia de regresión que, según él, reveló que en una vida pasada había sido un sheriff del lejano oeste en 1849. Esta experiencia lo marcó profundamente y dio origen al concepto del establecimiento.

Desde la fachada hasta los interiores, todo evocaba una película del oeste: paredes de madera, árboles de olivo cortados en forma de estrellas, una pantalla gigante de video, pistolas reales (incluyendo su revólver personal, una Magnum .44), y caballos de verdad amarrados en la entrada. Incluso contaban con un pequeño establo con vacas y equinos vivos, algo sin precedentes en la ciudad.

  


La experiencia Sheriff (1990–1997)

El establecimiento ofrecía una mezcla única de bar, restaurante temático y parque de diversiones estilo vaquero. Por las noches, especialmente los viernes y sábados, los visitantes eran recibidos por cowboys en la entrada y un maniquí ahorcado, lo cual reforzaba la ambientación del viejo oeste.

El Sheriff solía llegar montado a caballo, acompañado por otro personaje disfrazado de indio, o a bordo de su Harley Davidson 1050cc personalizada con piezas cromadas y niqueladas. Era común verlo cabalgando por toda la calle 84 con su atuendo de sheriff, botas texanas, espuelas y revólveres reales al cinto.



En el interior, los niños podían montar ponis o caballos en un corral improvisado mientras disfrutaban de las famosas malteadas servidas en cristalería, y los adultos podían probar la cerveza de barril más fuerte de la época, servida también con estilo. No era un lugar de bebidas en vasos plásticos, todo estaba cuidado hasta el último detalle.

Una de las grandes atracciones del lugar era la vaca mecánica “Madonna”, junto con otra de nombre olvidado. Los concursos de resistencia premiaban a quien lograra mantenerse montado más de un minuto con botellas de licor, desatando la euforia entre los asistentes.

Punto cumbre y dificultades (1997–1999)

Hacia mediados de los 90, El Sheriff vivió su punto más alto en popularidad. Sin embargo, entre 1997 y 1999, la inseguridad en la zona aumentó notablemente. Robos a vehículos, asaltos a clientes y una creciente decadencia comercial golpearon duramente a los negocios del sector.

Locales icónicos como Cheverísimo, Dónde Fabio y otros establecimientos vecinos comenzaron a cerrar. El Sheriff intentó adaptarse cambiando su giro comercial hacia un club nocturno de strippers, pero la idea no prosperó. En menos de cuatro meses, el intento fracasó rotundamente, lo que precipitó el cierre definitivo del local.

En medio del clima político, Alberto Iguarán llegó a colocar un aviso en la fachada que decía “Se vende si gana Serpa”, cuando Horacio Serpa ganó la primera vuelta presidencial de 1998. Finalmente ganó Andrés Pastrana, pero ni eso pudo detener el declive. La familia Correa, propietarios del local, recuperaron el inmueble por falta de rentabilidad.

Hoy, allí funciona un lavadero de vehículos y quienes tuvimos la oportunidad de conocerlo y estar allí, disfrutar de las bondades del establecimiento, recordamos el segundo nivel y la pequeña azotea, desde donde se apreciaba gran parte de la ciudad.


El legado de un ícono

Aunque duró cerca de una década, “El Sheriff” dejó una huella imborrable en la memoria de Barranquilla. Su autenticidad, su carácter único, y la entrega absoluta de su dueño, lo convirtieron en el negocio más original de su época. Un espacio en donde la fantasía del viejo oeste cobró vida en medio del calor del Caribe.




Sheriff Iguarán fue un personaje excéntrico, querido, criticado y admirado. Un hombre de otra época, que decidió vivir su presente como si estuviera atrapado en una película de cowboys. Su vida no terminó con el cierre del negocio. Tras radicarse en Tampa, Florida, se ha dedicado a varios emprendimientos: desde el alquiler de caballos y ponis, hasta la representación de artistas y la exportación de café colombiano orgánico entre otros.

La tristeza del adiós (2024)

El 6 de febrero de 2024, Sheriff Iguarán enfrentó una de las pérdidas más significativas de su vida: el fallecimiento de su primera esposa, Lola, a quien dedicó una emotiva despedida en sus redes sociales. 

En su mensaje, lleno de arrepentimiento, nostalgia y espiritualidad, dejó ver el lado humano y profundo del hombre detrás del sombrero vaquero. Una confesión desgarradora que cerró un ciclo de vida marcado por pasiones intensas, errores, aprendizajes y amor.

“El Sheriff 1849” fue mucho más que un disco-bar; fue una manifestación artística, una expresión personal y cultural de quien creyó ser, y fue, un vaquero del siglo XIX reencarnado en pleno Caribe colombiano.

Hoy queda su recuerdo como parte de la historia oral y emocional de Barranquilla. Quien vivió esa época sabe que jamás existió, ni existirá, un lugar tan auténtico y extravagante como aquel rincón del oeste en la Calle 84 esquina Carrera 46.